En el momento en que aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador, ¿nos salvó nada más de las consecuencias de los pecados pasados y del juicio futuro? ¿Son libres los creyentes de vivir como les parezca?
Durante mis viajes por los Estados Unidos, he percibido que se ha efectuado un cambio en la ética. No es un cambio hacia algo mejor.
Por ejemplo: leí en un periódico de San Diego, que la ciudad había apartado un sector de la playa para nudistas. Este tipo de acciones apoya elementos nocivos para nuestra sociedad. Por el hecho de haberse legalizado, mucha gente opina que es correcto, pues la situación ya lo permite.
Y esta ética situacional está acarreando, incluso a los cristianos profesos, hacia la ligereza y a la holgura que tanto daño están provocando a la causa de nuestro Señor Jesucristo.
Hace algunos años, llegó hasta mi estudio un joven casado (aún no cumplía los 30 años de edad) miembro de nuestra iglesia local. Envié a buscarlo porque su esposa me había comentado que él había sido infiel a sus votos matrimoniales. Después de una corta oración, le pregunté que si creía que era salvo.
Creo que soy cristiano – Me contestó
¿Qué entiendes por ser cristiano? – Le pregunté.
Un cristiano es aquel que ha recibido a Jesús como su Salvador –Me replicó sin asomo de duda.
Ahora bien, sabiendo que ya había admitido el acto de adulterio, y sin querer parecer irreverente , lo presioné con la siguiente pregunta:
¿Salvador de que???
EL PROPÓSITO DE DIOS AL SALVARNOS
Todo el que lee la Biblia no puede evitar percatarse de uno de los principales propósitos que Dios tiene al salvar al hombre. El propósito divino en la redención ha sido siempre el mismo en cada dispensación.
Cuando Dios rescató a Israel de Egipto dijo: “Porque tú eres pueblo santo a Jehová tu Dios: Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial , más que todos los pueblos que están sobre la haz de la tierra” (Deuteronomio 7:6). Todas las leyes que Dios dio a Israel – más de 600 – fueron para guardarlos del pecado y de la conducta impía de su antigua vida. Dios no se limitó a salvarlos de Egipto y de las penalidades de la opresión y de la esclavitud, sino que propiamente los salvó para que heredaran la tierra prometida con sus respectivas bendiciones.
Los liberó para que pudieran vivir en un nivel moral superior al de cualquier otro pueblo sobre la faz de la tierra. Dios no llamó a su pueblo a la impureza: lo llamó a santidad.
Si Dios no nos salvó a usted y a mí de la conducta impía de nuestra vida antigua y no regenerada, entonces ¿de qué nos salvó? Cualquier doctrina que enseñe que somos salvos de las consecuencias de los pecados pasados y del juicio venidero, pero ignora el propósito de Dios respecto a vivir una vida santa hacia el cielo, esa no es doctrina de la biblia.
¿Acaso la justificación de los pecados pasados es lo único que distingue al cristiano del que no lo es? ¿Puede un hombre confiar en el Señor Jesucristo, y en su comportamiento no ser mejor que aquellos que lo rechazan? ¿Está el evangelio de Dios diseñado tan solo para liberar a los pecadores culpables en el día del juicio? ¿Es la salvación meramente un escape del infierno y un boleto de ida al cielo?
Si contestara yo afirmativamente a una sola de estas preguntas, estaría insultando y blasfemando a Dios.
Justo al inicio del Nuevo Testamento, está bien establecido el propósito de Dios: “Y parirás un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. (Mateo 1:21).
LLAMADO A SANTIDAD
Estoy de acuerdo en que el mensaje pudiera estar dirigido a Israel o a los judíos en ese tiempo. Sin embargo, si el pueblo de Dios pudo ser salvo de sus pecados antes de la cruz, ciertamente que debe de serlo después de la cruz. La salvación obrada por el Señor Jesucristo fue para ser la salvación del pecado y de la práctica del pecado. Jesucristo murió no nada más para salvarnos del castigo por el pecado, sino también para salvarnos de la práctica y de la contaminación de los pecados. Tener a Cristo como nuestro Señor y Rey soberano no significa que estemos sujetos a su dominio político y gubernamental sólo civil y socialmente, sino que estamos sujetos a Él en el sentido más amplio, incluso moral y espiritualmente.
La salvación que Jesús ofrece no es solo de las consecuencias del pecado, sino de la influencia corrupta de la maldad en sí. Me temo que hay quienes, al igual que el joven marido adúltero que vino a verme, se aferran al absurdo anti-bíblico de que se puede ser salvo en pecado. ¿Podemos salvar a un hombre de ahogarse si lo mantenemos dentro del agua, la misma que le está cortando la vida? ¿Podemos salvar a un hombre del infierno para que vaya al cielo, manteniéndolo en la opresión del pecado?
No puedo estar de acuerdo con la ética moderna que dice que como cristianos eres libre de comportarte como quieras. Sí tiene mucha importancia la manera en que usted y yo nos comportamos como cristianos; y la tiene porque las escrituras señalan que Dios no nos ha llamado inmundicia, sino a santificación (1ª Tesalonicenses 4:7).
Mateo 1:21 dice: “Y llamarás su nombre JESÚS.” La palabra “JESÚS” está tomada del hebreo Yeshua, que significa “Jehová es el Salvador”. La venida de Jesús fue la encarnación de Dios, el Hijo eterno. El profeta Isaías dijo que él iba a ser Emmanuel, que significa “Dios con nosotros” (Isaías 7:14). Éste no es un salvador ordinario; es el Santo Hijo de Dios según Lucas 1:35. Era el Jehová de Israel; y como los santos del antiguo testamento, nosotros los cristianos somos un pueblo santo, un pueblo especial por encima de todos los demás que existen sobre la faz de la tierra. Por este propósito vino Jesús, para salvarnos de nuestros pecados.
Lo más cierto es que Jesucristo no es el Salvador de aquel que continúa practicando el pecado. ¿Has proclamado que Jesús es tu salvador? Te recuerdo que Él vino a salvar a su pueblo de sus pecados.
Debemos admitir que todos antes de que fuéramos salvos, teníamos nuestras flaquezas, nuestros problemas particulares. Existen los que fueron mentirosos crónicos antes de entregarse a Cristo. Después de que recibieron la salvación, descubrieron que la tentación a decir una mentira no se había erradicado de su vida. Hay otros que siempre fueron tentados a obtener algo a cambio de nada: robaban o apostaban. Luego fueron salvos y descubrieron que después de la salvación, la tentación a robar o a jugar aún estaba ahí. Existen otras personas que antes de ser salvas estaban poseídas por su instinto sexual y, después de su salvación, descubrieron que el viejo impulso y la antigua tentación aún estaba ahí.
VUÉLVETE DE LA PRÁCTICA DEL PECADO
Permíteme preguntarte con toda franqueza: si continúo mintiendo, robando, mezclándome en relaciones sexuales ilícitas y proclamo ser cristiano, ¿Estoy haciendo lo que la Biblia enseña? Por supuesto que no.
El propósito de Dios en la salvación estaba justo en el centro de la predicación apostólica. Pedro dijo: “A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su hijo, le envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad” (Hechos 3:26). He aquí el objeto sublime de la encarnación, muerte y resurrección de nuestro Señor; para bendecir, a fin de que cada uno de ustedes se convierta de su maldad. Ahí donde la iniquidad continúa, no puede haber bendición. Pedro deja muy en claro este hecho.
La bendición que proviene de la fe en Jesucristo es de un carácter puramente espiritual y personal, y consiste en convertir a los cristianos de la práctica del pecado.
Entonces, la santidad es una parte integral del propósito de Dios en la salvación. En tanto que un hombre ama sus pecados y no quiere dejarlos, no se puede decir que él posee también la salvación en Cristo Jesús, mientras una persona persista en las prácticas pecaminosas sin afligirse de ellas, estará apartada de las bendiciones de la salvación y no sólo de manera temporal, sino definitiva. Santiago 1:15 señala: “Y la concupiscencia, después que ha concebido, pare el pecado; y el pecado, siendo cumplido, engendra muerte.” Una persona debe ir más allá de lo que es un mera forma de ser o de pensar, para llegar a confiar en Jesús como su Salvador.
A veces me temo que la fe que algunas personas profesan, es tan sólo una fe intelectual. Es posible que alguien crea intelectualmente en Jesucristo, en su nacimiento virginal, en el sacrificio de su muerte y en su resurrección corporal, y nunca haber nacido de nuevo. Cada cristiano profesante debería preguntarse si Jesucristo lo ha recibido a él. Una cosa es decir que yo he recibido a Jesús, pero ¿me ha recibido Él a mí?
El apóstol Pablo escribió por inspiración divina:
“Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré.” (2ª Corintios 6:17)
Un día me senté y leí en mi Biblia ese versículo, y por vez primera las últimas cuatro palabras me llegaron con fuerza: “Y yo os recibiré.” Porque una cosa es profesar que he recibido a Jesucristo, pero ¿me ha recibido Él a mí? Ninguna persona cuya vida y corazón estén sucios, puede esperar que Dios lo reciba sin primero arrepentirse.
Ya he expresado que la santidad es un atributo básico y esencial de la deidad. En el cántico de Moisés leemos: “¿Quién como tú, Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible el loores, hacedor de maravillas?” (Éxodo 15:11). La Biblia responde a esta pregunta en Génesis 1:27: “Y crió Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió.” No debemos abrigar la menor duda respecto a lo que Dios pretende del hombre. Dios dio el primer hombre exactamente lo que Él deseaba. Dios es santo, y era su propia imagen la que le sopló a Adán.
LA REDENCIÓN RESTAURA A IMAGEN DE DIOS EN NOSOTROS
Si fuese un criterio justo el silencio que se guarda respecto al asunto de las demandas de santidad de parte de Dios, el consenso aparente hoy en día es de que las normas de Dios han disminuido con la caída del hombre. Si usted busca en las Escrituras, encontrará que la santidad personal, manifestada en pureza y rectitud, va unida a nuestra salvación. No se puede disociar la conducta correcta de la creencia correcta.
Es importante, por supuesto, que creamos en lo correcto si vamos a conducirnos bien, pero la mayoría profesamos creer más de lo que aplicamos a nuestro comportamiento. El Salmo 15:1-3 dice:
“Jehová, ¿Quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién habitará en el monte de tu santidad?
El que anda en integridad, y obra justicia, y habla verdad en su corazón.
El que no detrae con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni contra su prójimo acoge oprobio alguno.”
Y en el Salmo 24:3-5 leemos:
“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿y quién estará en el lugar de su Santidad?
El limpio de manos, y puro de corazón: el que no ha elevado su alma a la vanidad, ni jurado con engaño.
Él recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salud.”
Estos dos pasajes no dejan lugar a duda respecto a lo que Dios espera de aquellos a quienes salva. En el momento en que Dios imparte vida divina a un creyente, busca la imagen divina en nuestro comportamiento. Cuando conocemos al Señor Jesucristo por medio de la salvación, entonces la imagen de Dios vuelve a su sitio – esa misma imagen que perdió Adán cuando cayó en pecado – El propósito de Dios en la redención es restaurar la semejanza divina dentro de todos aquellos a quienes salva.
Efesios 4:24 nos da la siguiente exhortación: “Y vestir el nuevo hombre que es criado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad.” ¿Puede haber algo más claro?
Como creyentes, usted y yo somos ese nuevo hombre. Interiormente Dios nos ha hecho nuevas criaturas. En la práctica, hemos de ser por fuera lo que en nuestro interior confesamos y creemos. La justicia y la auténtica santidad deben caracterizar nuestras actitudes, ambiciones y acciones.
El propósito de Dios en la salvación está a la puerta en la epístola del apóstol Pablo a los Gálatas, cuando dice que nuestro Señor Jesucristo “se dio a si mismo por nuestros pecados para librarnos…” ¿De qué? ¿Del infierno? No precisamente, sino “de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro.” (Gálatas 1:4).
Aquí nos indica el objetivo del sufrimiento sacrificial que hubo en la muerte de Cristo, a saber, fueron nuestros pecados relacionados con el presente siglo malo. La salvación no nos excluye de este mundo de hoy, se dice que nuestro actual siglo es malo y, como tal, se opone a la santidad de Dios. Satanás es el dios de este siglo, según 2ª Corintios 4:4, y si el diablo puede reclutar a los hijos de Dios para que participen de pecado, habrá logrado su perverso propósito. En lo personal, temo que estamos viviendo dentro de una generación en la que los cristianos declarados se están conformando a las normas de este mundo.
La palabra “librar” de Gálatas 1:4, es la idea fundamental de toda esa epístola, y denota un rescate o liberación. El evangelio de Jesucristo es el emancipador, el gran libertador contra el poder y las prácticas morales y sociales de este siglo malo. La palabra “presente” en Gálatas 1:4 se aplica a las cosas existentes, en contraste con aquellas que son futuras.
De modo que el presente siglo tiene voto en contra para perecer sólo en su corrupción, pero antes busca llevarse consigo a los cristianos. Pablo dice que la obra de Jesucristo en el Calvario rescatará al verdadero creyente de todas las maldades existentes. Por lo tanto, la salvación tiene una relación directa y definitiva con nuestra conducta actual. La persona salva es verdaderamente salva de practicar el pecado.
Así que como creyentes, no debemos seguir viviendo en pecado. Para vivir una vida de santidad, debemos confesar primero nuestros pecados (ver 1ª Juan 1:9), despojarnos del viejo hombre (ver Efesios 4:22) y vestirnos del nuevo hombre (ver versículo 24)
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octubre 26th, 2010 en 6:07 pm
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