La historia de la humanidad, especialmente en sus últimos siglos, se ha caracterizado por una evolución del pensamiento, encabezada por infinidad de corrientes filosóficas, intelectuales, etc. Los temas principales en que dicho progreso se ha enfocado, van desde la ciencia, la racionalidad, la consolidación del Estado, la búsqueda de organizaciones democráticas, los derechos humanos, la defensa a las minorías, los derechos laborales y la propia racionalidad del trabajo, la abolición de privilegios y abusos de los poderosos, el fomento de valores, la relación entre religiones y el poder público, entre muchos otros temas.
El abordar esta clase de conceptos tuvo como contrapartida el descontento de diversos sectores, ya que, en la medida en que dicho progreso, en la mayoría de los casos, trataba de desconcentrar los privilegios de quienes los habían detentado durante muchos siglos, los grupos de poder se resistían y luchaban con todos los medios a su alcance, fueran éticos o no éticos, todo eso, con tal de conservar su privilegiada posición hasta sus últimas consecuencias. Así las cosas, el tema de la relación “Iglesia y Estado”, ha sido y es de gran delicadeza.
La Educación, fue, es y será, uno de los rubros estratégicos más importantes para definir los destinos de una Nación. También resulta la más efectiva palanca para introducir una ideología que determine el estilo y ritmo de progreso para una sociedad. El rótulo de la discusión histórica al respecto, quedó definido como “Educación Laica versus Educación Religiosa”, entendida la primera, claro está, como garantía constitucional de formación (artículo 3º, Constitución Méxicana).
Hablar de “educación laica y religiosa”, pudiera suponer, para mucha gente, una confusión, pensándose que se trata de dos caminos que llegan a un mismo objetivo, como pudiera ser el de: Una educación humanista y superadora, formadora, tanto en lo científico como en el aspecto moral y cívico, de ciudadanos cuyos valores contribuyan al perfeccionamiento de la sociedad, con el fin
de lograr una sociedad progresista, libre, racional y justa. Sin embargo, veremos que éste no es, en absoluto, el fin estratégico de las religiones cuando plantean su intervención en el ámbito de la Educación, veamos por que.
El protagonismo dogmático y confesional de las religiones en la cosa pública, permite una influencia manipuladora de valores y conciencia, lo cual está en sentido exactamente opuesto al modelo anhelado de una sociedad libre, justa, progresista y humanitaria.
Si analizamos racionalmente, veremos que no hay entre Laicismo y Dogmatismo, una simple diferencia de “metodología” en la forma de impartir la educación, lo que hay, son profundas diferencias tanto en los modelos y concepciones de la sociedad como en la valoración de las capacidades humanas para organizarse en una forma justa y verdaderamente democrática.
Por Laicismo, entendemos la voluntad para construir una sociedad justa, progresista, fraternal, dotada de instituciones públicas imparciales que garanticen la dignidad de las personas y sus derechos, que asegure también la libertad de pensamiento y de expresión, así como la igualdad ante la ley, sin distinción alguna por cuestión de sexo, origen, cultura, y con respeto y tolerancia hacia las variadas opciones religiosas que corresponden, según el laicismo, a la esfera privada de las personas.
Así planteado, podemos ver que no hay puntos conceptuales en que coincidan el concepto de Laicismo y las Iglesias o Dogmas Religiosos.
La fuerza de las religiones se basa, principalmente, en sus respectivas fe religiosas, y es por esto que en dicho campo no interesa cuán contradictorias, irracionales, ilógicas o competitivas puedan ser entre ellas o, vale la pena decir, en si mismas. El problema aquí planteado no es la Fe en sí, sino la falta de una base universalmente aceptada para todas estos dogmas, los cuales parecieran competir, incluso de manera sangrienta, por lograr, o mas bien, pretender que han logrado, el “monopolio de la verdad”, todo lo cual va en sentido exactamente opuesto a una concepción racional y humanista de las sociedades.
Contrario a esa pugna por acaparar “la verdad” y detentar el “poder” (lo cual pareciere ser la constante, por ejemplo, del clero católico en nuestro país), vemos que cuando surge el laicismo de manera institucional, nadie concibió la posibilidad de que estuviera basado en una fe o verdad universal, por el simple hecho de que el laicismo busca el saber a través de la investigación y el pensamiento, no busca el creer, es decir, persigue el conocimiento científico y racional, y no el adoctrinamiento dogmático.
La Fe, por ello, necesariamente es sectaria, al punto de que “no es universal” (aunque, por supuesto, cada religión se arrogue la condición de tal, como sucede, por ejemplo, con el catolicismo, el islamismo, etc.).
Los dogmas, – a diferencia del laicismo – implican la necesaria aceptación ciega de doctrinas controladoras de conciencia, influencias psíquicas y dependencias creadas por la rigurosidad de la fe, las cuales bloquean la racionalidad e incluso los sistemas de valores individuales, en vez de promoverlos.
Los dogmas no pueden discutirse, criticarse o revisarse, excepto, claro está, por el líder de la Religión en cuestión, por lo tanto, rechazan la posibilidad de la crítica racional, el aprendizaje basado en la experiencia, en la percepción de los sentidos y en los resultados de la propia ciencia. Los dogmas, como tales, deben permanecer sin revisión alguna que provoque algún problema a la pureza u ortodoxia de la Doctrina religiosa, esto es en salvaguarda de los intereses de la organización religiosa de que se trate.
Su acento necesariamente está puesto en un adoctrinamiento masivo, dogmático y controlador de conciencias, y eso es exactamente lo opuesto a los conceptos de superación humana, de libertad de conciencias.
Así planteada la cuestión, podríamos concluir que esta característica dogmática e irracional del creyente es un aspecto e inclusive un derecho, totalmente válido, pero que debe ser circunscrito al ámbito Privado de su vida, que no puede decidir o influir en el ámbito Público, que es el lugar de la racionalidad.
Dicho de otra manera: podremos enfatizar en la necesidad de ser consistentemente racionales en nuestros roles sociales (como ciudadanos, políticos, obreros, etc.) para llegar a grados más altos de superación humana y social, pero, en el ámbito estrictamente privado, es decir, en el rol instintivo individual, tenemos todo el derecho de sazonar nuestra existencia con actos irracionales, en tanto no causen un detrimento a los demás (E. Kant “La paz perpetua”, y Benito Juárez).
Esa diferencia entre el ámbito Publico y Privado de las personas, pone los límites entre ambas esferas para el derecho a ejercer la racionalidad y la irracionalidad.
No obstante, debemos admitir que no importa cuan irracional, o instrumentalmente usados han sido y son los individuos enrolados en una fe, más aún cuando esta fe llega a un alto grado de fanatismo, veamos que en virtud de dicha fe, es como se han formado prósperas y poderosas organizaciones o instituciones con inmensas riquezas materiales, y no sólo espirituales, con una gran influencia política y social a nivel mundial.
Lo anterior no es un aspecto de menor importancia, sino que nos está indicando que los individuos religiosos, y las organizaciones referidas, a la hora de defender sus doctrinas y creencias, pondrán toda su energía y empeño, y en muchos casos llegarán hasta el extremo de dar la vida.
Con esto último, lo único que se pretende es subrayar el hecho de que las discusiones públicas en esta clase de temas religiosos, concretamente el debate entre educación laica o educación religiosa, al igual que el tema de la división Estado/Iglesia, pueden llevarnos, como la historia lo ha demostrado, a virulencias extremas, a estados de violencia insólita entre los integrantes de una misma comunidad, aún entre personas capaces de discutir temas mas complejos de diversa naturaleza pero con una emocionalidad más controlada.
También te puede interesar: