Por Luis González de Alba | Arte & Gente | Lunes 8 de diciembre de 1997 | Pag. 4
Durante todo el siglo XVI, ningún historiador, ningún religioso, teólogo, cronista popular, periodista, nadie, absolutamente nadie, hace referencia a que la Virgen de Guadalupe se haya aparecido. Se dice cuando mucho que una imagen venerada en el Tepeyac (y llamada “de Guadalupe” porque se asemeja a la sierra de Guadalupe, España) hace milagros. No se mencionan las apariciones y ni siquiera para negarlas, a pesar que los franciscanos, enemigos de la adoración de imágenes, se opusieron con la fuerza al culto popular en el Tepeyac: El provincial de los franciscanos, fray Francisco de Bustamante, dirigió un fulminante sermón, en presencia del virrey y de la real audiencia contra el culto guadalupano, por parecerle incorrecto “que se diga que hace milagros una imagen que pintó el indio Marcos” (Marcos Cipaq de Aquino) y que se le hace sospechoso que la veneración resurgiera donde hacía pocos años los indios veneraban otra imagen femenina, la diosa Tonantzin. Pero aun entonces se refirió únicamente a “que se dice que hace milagros”, y eso ya se le parece escandaloso. Mucho más irreverente le habría parecido si se hubieran mencionado por entonces las apariciones. No las combate en su sermón, porque nadie había dicho tal cosa nunca.
Recordemos que el testigo del portento fue, según la tradición aparicionista, el indio Juan Diego, pero el milagro mayor, el estampado milagroso de la imagen, ocurrió frente el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga. Para desgracia de quienes creen que Dios se ocupa de pintar | y que pinta con estilo gótico español, como es la imagen del Tepeyac|, fray Juan escribió “un catecismo. Lleva por nombre Regla Cristiana, y está escrito en forma de preguntas y respuestas. A la pregunta: “¿ Y por qué ya no ocurren milagros?” Responde fray Juan con esta escalofriante frase: ” Ya no quiere el redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester.” ¿ No había, presenciado uno hace dieciséis años antes de escribir su catecismo? Desde la tumba dice que no.
Fray Juan de Torquemada también considera que la imagen del Tepeyac es Tonantzin. Cuando cien años después, hacia 1640, se escribe la narración de las apariciones, sigue siendo una creencia de las clases bajas. Pasan otros 150 años y, ya por 1794, fray Servando Teresa de Mier sostiene que las apariciones son “una leyenda piadosa.” Pasados otros cien años después de fray Servando, en 1895, año en que se corona la imagen a pesar del rechazo de Cristo cuantas veces le ofrecieron coronas, el obispo de Tamaulipas, monseñor Eduardo Sánchez Camacho, renuncia a su diócesis en protesta por el culto guadalupano, pues lo considera “un abuso en prejuicio de un pueblo crédulo y en su mayoría ignorante”, dice al renunciar. Pasados otros 100 años, en 1997, el propio abad de la basílica de Guadalupe, monseñor Guillermo Schulenburg, renunció a su cargo por el gran revuelo de sus declaraciones, según las cuales el indio Juan Diego no es real, sino un símbolo. Las apariciones las considera con la caridad que se debe a la creencia de pueblo, pero no como hechos reales.
Buena parte de los materiales están en mal estado; el pelo del ángel está casi desaparecido, así como porciones enteras de la media luna moriscaque nos remite la leyenda de la Guadalupe española, idéntica a la leyenda mexicana, hasta el color, pues ambas son morenas, piden una iglesia al obispo y esté se niega a creer hasta que ocurre un milagro.
La única diferencia es que en España el enviado de la virgen al obispo no es un indio, porque no los hay, sino un equivalente: un pastor.